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La Región de Benet

Me sucede que con el paso del tiempo existe una serie de libros que permanece pendiente de leer, resistiendo con los años. Son libros que a priori considero como esenciales y de obligada lectura, no por pertenecer a algún canon, sino porque el instinto lector me lo indica.
De esa lista desparecen tras su lectura. La mayoría de las veces, acertada. Otras, no tanto, dando paso a cierta decepción. De estos últimos hablaré en otro momento.

El último en abandonar la lista de los libros pendientes de leer ha sido Volverás a Región, de Juan Benet. No he sido muy dado a leer mucha literatura española, que no latinoamericana. No obstante guardo en mi altar de adorados a Cervantes, Cirlot, Cela, Delibes, Baroja, Calderón, Quevedo, Hinojosa, Umbral, Landero, Chamorro, Casariego Córdoba… Pero es cierto que en los últimos tiempos este país mío me llama más la atención en cuanto a literatura e historia se refiere.

No recuerdo cómo tuve noticia de Benet. Entiendo que en alguna librería o en alguna reseña de un suplemento literario. La idea que tenía de él era la de un autor serio, de buena literatura —no se engañen: sí existe la distinción entre buena literatura y mala literatura, por mucho que algunos articulistas se empeñen en defender lo contrario con argumentos de una supuesta literatura demócrata barata—, en las antípodas del género comercial. También me llamó la atención su predilección por Faulkner, otro de los grandes. De hecho, ahora lo pienso, ambos coinciden en las fotografías de su crepúsculo en lucir un bigote oscuro en una cara seria, que contrasta con su cabellera blanca.

 

Volverás a Región es un gran libro. Difícil. No es directo. Su escritura se pierde en la acaecido, recordado o imaginado, todo junto sin interrupción. Es una escritura culta, rica, dura y áspera. La felicidad no aparece por ningún lado. Nos habla de unos personajes enmarcados en las dos Españas que se retaron en la guerra civil y de las que pienso todavía que, en versiones edulcoradas, sigue distinguida nuestra sociedad. La guerra entre diestros y zurdos que dice mi hija. España negra es un término muy manido. Pero quizá España cruda sea más adecuado. Una realidad que sólo he conocido de oídas, de lo que me han contado los diestros y los zurdos que participaron o vivieron los tiempos inmediatos a la finalización del episodio. Y que ciertamente nunca he llegado a aprehender, a entender ese odio mutuo, a imaginar vívidamente las circunstancias que llevaron a aquello. Ignoro si por falta de imaginación o por no querer hacerlo y, al menos mentalmente, tomar partido por uno de los bandos, trampa que continuamente he tratado de sortear.

Debió ser algo terrible porque las gentes han seguido —algunos, los menos, siguen— hablando, pensando y escribiendo muchos años después. Y porque el resentimiento de unos y otros lo he visto perdurar y el perdón no lo he visto aflorar.

Tengo interés en conocer el origen de todo ello. Los tiempos y acontecimientos históricos —sospecho que muchos y trepidantes—, los antecedentes. El por qué, si es que lo hay. Me intriga. Y me asusta.

Benet no tenía nueve años cuando aquello empezó, la edad de mi hija ahora. Suficiente para ver, tratar de entender y sufrir. Lo suficiente para escribir un magnífico libro treinta años después.